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En El Popular de Olavarría, el periódico en el que inició su carrera periodística hace 35 años, Víctor Pintos publicó hoy una nota en la que reflexiona sobre la soledad en que quedamos los argentinos luego de la partida de la artista que llama, sin vueltas, "la más grande cantante del folklore argentino de todos los tiempos".
La nota es la siguiente:
Parte del aire
Por Víctor Pintos
Lo pensó dos veces y se marchó. Como una frutilla, su corazón. Y aquí nos quedamos, huérfanos.
En estas horas de tristeza que vivimos en los últimos días escuchamos
tantas canciones suyas, en casa y por la radio, como nunca en los
tiempos recientes. El Facebook se destrivializó por un momento, qué
cosa más rara, y multiplicó posteos de dolor. Desde el domingo pasado
estuvo en cuanto programa de tele existe, hasta en los más ajenos a su
arte. Los diarios le dedicaron espacios especiales y hoy algunos pocos
-éste, qué bueno- siguen hablando de ella porque siete días pueden
alcanzar para la Creación pero no son suficientes para dimensionar
tanto talento.
Pero qué pena, Mercedes ya es irremediablemente parte del pasado.
No la vamos a olvidar, seguro, pero qué solos que estaremos.
Porque un día se marchó Gardel, según nos cuenta la historia que no
vivimos, pero no nos duró tanto la orfandad: 15 días después nació
Mercedes. Sí, el dato es sorprendente, ella vino al mundo el 9 de julio
del 35, es decir sólo dos semanas después del accidente en Medellín.
Después, mucho después, en el 92, se marcharon al silencio Atahualpa
Yupanqui y Astor Piazzolla. Uno en mayo, el otro en julio. Y ahora que
tampoco está ella, quién nos alumbra.
Nos quedan sus discos, formidable muestrario de los últimos 50 años de
la historia del país. Los entusiastas del comienzo, los explosivos de
los primeros 70, los que nacieron del dolor del exilio, los que
revivieron su voz de cigarra en el arranque de los 80 y los que
siguieron después, con altos y bajos, siempre pensados hacia delante.
Mercedes empezó cantando folklore de origen rural, por llamar de alguna
manera a las zambas, las chacareras, las cuecas, las milongas y las
tonadas, después sumó al tango y al rock, y como esas tres músicas, en
la Argentina, son la real banda sonora del país, digámoslo ya, aunque
luzca como un elogio tardío: ella fue y es la más grande cantante del
folklore argentino de todos los tiempos.
A quienes pudimos conocerla y frecuentar sus espacios familiares
también nos queda el recuerdo de su ternura cuando era tierna, de sus
ojos pequeños cuando se abrillantaban por la emoción -era algo
frecuente-, de su amabilidad para con los visitantes que eran
bienvenidos en su casa y de su tremenda generosidad para ayudar a
quienes creía valiosos. Ella podía ser filosa, algunas veces era bien
brava, pero también cedía a la caricia y a las sonrisas. Cuánto
disfrutaba de los mimos.
Y era muy buena amiga de sus amigos. Muy divertida cuando estaba bien.
Me contó una vez: "Cuando salimos de Cosquín, la gente se vino encima y
empezó a sacudir el auto. Nosotros adentro, muertos de risa. Ahí le
dije: -Viste Charly, ¡parecemos Los Beatles!".
Hoy todos somos Fabián porque nos quedamos sin la Pachamama. Así lo
siento. Mercedes tuvo un solo hijo, Fabián Ernesto, y ahora nadie tiene
más dolor que él. Claro. Pero nosotros también perdimos a nuestra
mamma.
Nos consuela ver que hoy sus cenizas son parte del aire y que, así, nunca se irá. Será como la música.
Aunque Internet, los diarios, la radio y la tele nos hayan contado que Mercedes Sosa se marchó al silencio.
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