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En una nota que publica hoy el diario porteño "Miradas al Sur", Víctor Pintos recuerda a la notable cantante fallecida ayer con una semblanza del momento en que regresó del exilio y se transformó en
un símbolo de la recuperación de la democracia.
Esta es la nota:
MERCEDES SOSA
"Nadie cantó a la libertad como ella"
Por Víctor Pintos
Mercedes no parecía la enorme mujer que la noche anterior había
hecho vibrar a dos mil doscientos privilegiados que habían podido
verla, en vivo y en directo, en el Teatro Ópera, en uno de los
conciertos de su retorno al país. Promediando la tarde de ese sábado
apareció en el living de su departamento de la calle Carlos Pellegrini
casi Arroyo, al final de la avenida 9 de Julio, con un sencillo batón a
lunares y con pantuflas, detalle que parecía volver más pequeña su
humanidad de apenas 1,60 metro. Y arriba del escenario luce tan enorme,
pensé cuando me acerqué para saludarla.
Era el verano del ’82. Cuando estaba por iniciar la charla que
tendría el formato de una entrevista, me sorprendió con un gesto de
confianza para conmigo, que a fin de cuentas era un periodista hasta
hacía minutos desconocido. Me acercó un papel y me dijo: –Me escribió
Yupanqui. Leí. La carta, escrita de puño y letra, había llegado desde
París y hablaba de un deseo de éxito en los conciertos del regreso.
Alguna vez había leído por ahí que Atahualpa Yupanqui y ella estaban
distanciados, y ese texto íntimo lo desmentía de forma abrumadora.
Yupanqui la trataba cariñosamente. Le decía “hermana querida” o algo
así.
Estaba claro que para el padre del folklore argentino, el regreso de
Mercedes a su tierra era importante. Y no sólo lo era para él; también
lo era para cada uno de quienes nos sabíamos sobrevivientes de una
noche de terribles tormentas y soñábamos, por qué no, con el comienzo
de un nuevo buen día. Ella podía cantar por todos. Justamente por eso
tenía sentido que hubiera puesto en su repertorio de ese momento
aquella Fuego en Anymaná escrita por Armando Tejada Gómez que en un
tramo decía: “Déjenme estar de solo estar, viendo el sol nacer; yo
quiero ver, en mi país, el amanecer...”. El amanecer. Eso.
En rigor, cada letra cantada por Mercedes en esas horas tenía un peso
especial. “Yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar, y una
hermana muy hermosa que se llama libertad...”, afirmaba en el cierre de
la milonga Los hermanos, de Atahualpa Yupanqui, y la estrofa no sonaba
igual que antes, la palabra libertad en su boca era un mazazo más en
una pared tambaleante.
En aquel encuentro que tuve con Mercedes –por gracia del destino, el
primero de una lista que sería muy grande con el paso de los años–,
ella no sólo habló de lo que sentía en esas horas sino que también
cantó. El grabadorcito a casete guardó todo. Tiempo después, cuando me
hice habitué de su intimidad familiar, vi que siempre cantaba. Vivía
escuchando música, sobre todo música nueva, y cantaba todas las
canciones de las que se enamoraba. Eso hay que dejarlo contado.
Aquella primera entrevista mía fue para El Expreso Imaginario, en
principio una revista de rock, y a nadie le sorprendió: había sido
ella, sobre el escenario, quien había comenzado a tener gestos de amor
hacia las nuevas generaciones y las nuevas músicas del país. Es bien
sabido que en aquellos conciertos del Ópera invitó a artistas del rock
como León Gieco y Charly García, junto a otros como Antonio Tarragó Ros
y Rodolfo Mederos, tal como quedó registrado en el antológico álbum
doble en vivo Mercedes Sosa en la Argentina. Poco después se hizo
habitual que colegas suyos, jóvenes y ya no tanto, del folklore y no,
pudieran sumarse a sus presentaciones. Ese es otro aspecto de su
caminar que algún día se tendrá que valorizar de manera adecuada. A
cuántos artistas Mercedes les abrió, generosa, su escenario. Lo hizo
hasta con los Illia Kuriaky (¡sí, ellos!) en el ’91, cuando Dante
Spinetta y Emmanuel Horvilleur eran todavía más niños que adolescentes
y acababan de grabar Fabrico cuero, su primer disco.
En el tiempo de su retorno y en los meses posteriores, Mercedes fue
amada, reconocida y también muy popular. Su disco doble en vivo vendió
300 mil unidades en su primera temporada. Fue número uno de ventas en
el país. Cómo no entender que esa decisión popular también fue una
manera de decir que irremediablemente se acabaría la dictadura
militar...
Tan popular en todos las acepciones del término llegó a ser en esos
días, que hasta los humoristas poco ingeniosos usaban una frase suya,
extractada de sus conciertos, para despertar sonrisas: “Gracias
Pierooo...”.
Aquel regreso de Mercedes Sosa fue tan trascendente, que viendo hoy en
perspectiva cuáles fueron los símbolos de la recuperación de la
democracia aparecen en primer plano Raúl Alfonsín recitando el
preámbulo de la Constitución delante de miles y miles de esperanzados,
y Mercedes Sosa, joven y vital, con un poncho negro y rojo, sonriente y
abriendo los brazos, bajo las luces, abrazada por aplausos, luego de
haber cantado Sólo le pido a Dios, Como la cigarra (“tantas veces me
mataron, tantas veces me morí; sin embargo estoy aquí, resucitando”) o
Gracias a la vida.
Y la mirada desde una cierta altura también arroja otro dato demoledor:
apenas dos meses después de que ella volviera a cantar en el país, ya
sin censura, el gobierno de turno –Galtieri– disparó su última bala y
metió al país en una guerra.
Ya se sabe que después de que volviera Mercedes y después de Malvinas, ya nada fue igual en la Argentina.
Y acá estamos.
Pero el aire que se respiró en aquel momento en que volvimos a vivir en
democracia, gracias a ellos y gracias a tantos otros, conocidos y
anónimos, no se olvida. Cuánto daríamos por volver a respirar un aire
de todos tan grato....
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