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"París, Pampa", el libro de Memorias de Yupanqui en Radar de Página/12 | "París, Pampa", el libro de Memorias de Yupanqui en Radar de Página/12 |
| domingo, 13 de abril de 2008 | ||
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La nota ocupa cuatro páginas del suplemento. Presenta nueve extractos de distintos pasajes del libro, titulados "Martín Fierro para todos", "De Ushuaia a La Quiaca", "El secreto del silencio", "Piedras", "Preso por Gardel", "Mi padre y su Smith & Wesson", "Acechado por Perón", "Entre el Cuzco y el Tíbet" y "Mi nombre es todo lo que tengo", y siete fotografías que figuran en el cuadernillo de ilustraciones incluido en la obra. También, la columna "Guitarra, vas a cantar", firmada por el especialista en música Diego Fischerman, referida al disco que incluye el libro con las seis primeras grabaciones realizadas por Yupanqui en 1936, cinco años antes de que comenzara su actividad profesional en los estudios. El disco rescatado por esta edición es "exquisito", según el crítico, quien destaca especialmente uno de los seis temas de esa placa, el estilo "Mangruyando", "que pone en escena, en todo caso, el por qué de la fama y la leyenda (de Yupanqui). Allí no está ni lo más aparente ni lo más bastardeado. No está su voz cascada desde siempreo ni la inteligencia de una poesía de elaboradísima sencillez. Allí, Yupanqui apenas toca la guitarra. Toca con esa claridad para delinear la melodía y el acompañamiento, con esa perfecta delimitación de planos, y ese sonido -y ese vibrato característico- que tal vez delatu su paso por el violín y atraviesa toda su obra. El espesor de esas líneas puras, la comunicatividad y la delicadeza del fraseo son sorprendentes". A continuación, se transcribe aquí la parte central de la producción, que presenta una nota escrita por Pintos, responsable de la edición del citado libro.
Arre, memoria Cuando el 31 de enero se cumplieron 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui, los homenajes proliferaron. Pero había dos cosas que seguían sin aparecer: las memorias que Atahualpa había empezado y abandonado en un cajón en los años 70 y sus primeras grabaciones, aparente "inhallables". Ahora, la edición de "Este largo camino" (Ed. Cántaro) salda ambas deudas. Por un lado, aquellas memorias en las que Atahualpa recuerda su infancia en la pampa, su juventud recorriendo el país a caballo, buscando, estudiando y aprendiendo la música popular argentina, los años que pasó tocando por casa y comida, y sus sensibles reflexiones sobre el canto, la música, la gente y el país. Por otro, el libro incluye un cd con sus seis primeras grabaciones, ahora halladas, para que el festejo sea completo. Por Víctor Pintos Muchas, muchísimas veces pensé qué hacer con ese tesoro que estaba ahí, en una biblioteca del escritorio de mi casa, durmiendo una siesta de meses y años. Tenía claro que podía ser muy torpe de mi parte no darle un adecuado destino a nada menos que un importante texto inédito de una gran figura de la música popular mundial y de la cultura toda, pero cada vez que se me ocurría recuperarlo, sacarlo a la luz, trabajarlo para que fuese un libro –tal como lo había soñado su autor-, me inmovilizaba la idea de que como en verdad tenía solo una parte, porque era un texto inconcluso, nunca llegaría al todo. El tesoro eran unas decenas de carillas tipiadas a máquinas por Atahualpa Yupanqui con el comienzo de su libro de Memorias. Un proyecto con título y todo: en la primera página, el hombre había escrito en mayúsculas, con el cuidado y la pulcritud de la gente de antes, “Atahualpa Yupanqui – Este largo camino”, y abajo, entre paréntesis, “Memorias”. Y el texto estaba corregido. Sobre algunos tramos de lo que había escrito con la máquina, había tachones y cambios de palabras hechos con lapicera. Era evidente que era un material pensado, releído y cuidado… y que era insuficiente para ser, así, solito, un libro. (Hoy sé que fue escrito por Yupanqui a fines de los 70, cuando estaba pisando –él- los 70 años, y también sé que nadie, ni su hijo siquiera, sabe por qué lo abandonó a poco de comenzar).
Lo cierto es que ese texto estaba en mis manos y yo no sabía
qué hacer con él, hasta que apareció –una vez más en mi vida, si él lo supiera-
Bob Dylan. Su libro Chronicles Vol. 1,
¡el “Memorias de Dylan”!, que suponía que iba a contarlo todo, de punta a
punta, obviamente con más detalle que todos los otros –mil- libros que se han
publicado sobre su vida y su obra, muchos de los cuales he devorado…, tenía
solo partes, no el todo. O sea, Dylan, el maestro, había elegido no solo la
austeridad sino también la fragmentación para echar luz sobre algunos episodios
de su historia, y con eso nos dijo el resto. Su primer Chronicles tiene cinco capítulos. Los dos primeros cuentan su
llegada a Nueva York en 1961, cuando anhelaba introducirse en el mundillo folk
del Greenwich Village, imantado por la figura de Woody Guthrie. Y después, como
en Tangled Up In Blue y en tantas
otras canciones suyas, desarma el relato cronológico: en el tercer capítulo nos
abre las puertas de su refugio en Woodstock en los días en que intentaba
sacarse de encima el rótulo de profeta generacional y hacía un disco modesto
como “New Morning”, en el cuarto se detiene en el momento en que llega a tierra
luego del naufragio de los 80 y se encuentra con Daniel Lanois para hacer “Oh
Mercy”, y en el quinto retorna, de un plumazo, a su primer tiempo en Entonces ese libro me sacó presión. Gracias a Dylan entendí que solo tenía que ponerme a transcribir y a escribir, sin querer abarcarlo todo, y que al final del recorrido, si había caminado adecuadamente, tendría un libro. Y ése es éste, que es de Yupanqui y también mío.
A mediados del año pasado, viendo que se acercaba el centenario del nacimiento de Yupanqui (el aniversario preciso fue el pasado 31 de enero), pensé que era tiempo de empezar a trabajar en ese material. Ahí fue cuando pensé en Chronicles. Y lo que terminé haciendo fue transcribir el texto que estaba escrito, y sumarle a eso recuerdos que Yupanqui no tipió sino que habló para autoentrevistas, reportajes y monólogos que quedaron grabados y nunca se publicaron. El tempo, el tono y el estilo de lo que está en el libro son de Yupanqui por donde se lo mire. Todo eso lo fijó con esos primeros escritos suyos que llegaron a mis manos. El resto, o sea lo que me contó, hablando, lo escribí siguiendo esas pautas. Aspiro a que el lector no pueda advertir hasta dónde escribió Yupanqui y desde dónde yo empecé a escribir sus cosas habladas. ¿Y qué tiene el libro? Lo que se anuncia. Recuerdos de Atahualpa Yupanqui que cuentan su paso por el mundo. Los primeros hablan de su infancia y su adolescencia, algo de lo que poco se sabía. Su tiempo en Pergamino, donde nació y vivió hasta los siete años, su paso por Junín, donde aprendió sus primeras cositas en la guitarra. Luego, su primera juventud, sus viajes iniciáticos, ese momento que se hizo leyenda, esos años en los que caminó el país de verdad, casi como un trotamundos en su propia tierra, conociendo paisajes, gente y coplas populares. Después hay de todo un poco (gracias, Bob). Sus pensamientos sobre la guitarra y el caballo, descripciones de lugares y personajes, recuerdos de cruces personales con figuras de la cultura mundial, conocidos como Pablo Neruda, Federico García Lorca y Nicolás Guillén, o no tan conocidos como José Bergamín o Domingo Zerpa. Y el final también me lo dio Yupanqui como por una casualidad que yo sé que no fue tal. En una de las cajas donde el Coya guardó las cinco mil cartas de su papá a su mamá en los 50 años que compartieron –eso es lo que compilé en “Cartas a Nenette”-, encontré varios manuscritos que no eran cartas ni poemas ni letras de canciones. Uno de ellos era una autodescripción: Yupanqui por Yupanqui, de puño y letra. Recuerdo perfectamente con qué entusiasmó leí eso por primera vez, un mediodía al borde del río Los Tártagos, en el Cerro. “Soy un argentino, cantor de artes olvidadas, que se desvela caminando por el mundo para que los pueblos de la tierra no olviden el mensaje sereno y fraternal de los hombres de mi patria”. Hermoso. “Amo la naturaleza. Amo a Juan Sebastian Bach. Amo al árbol, al viento y al caballo. Y abrigo un anhelo, para mí profundo y soñado. El de sumarme un día a la legión de los Anónimos, sin nombre, sin imagen, sin historia personal. Solo un canto de amor y de paz que el viento lleva hacia un mundo de hermanos”. Ese texto lo guardé bien guardado para usarlo algún día en un lugar adecuado a su belleza. Y ahora lo puse al final del libro. El cierre de las Memorias, ése era el lugar, don Ata.
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